Fin de un ciclo.

Nika & Hugo 2003. ©

Nunca imaginé que ésta seria mi primera entrada del que va a ser mi segundo blog, pero las circunstancias me empuejan a escribirla. Y es que, desde que hace dos semanas Hugo murió, a casua de la sofocante calor mientras dormía la siesta, me ha dado por pensar y darle vueltas al tema. 


A pesar de los largos años que tengan nuestras mascotas, siempre recordaremos con total claridad cuando fue la primera vez que las vimos por primera vez, cuando las cuidábamos meticulosamente cuando se ponían enfermas, la impotencia que sentías cada vez que les pasaba algo o esos descontrolados baños con la manguera donde acababas más mojada tú que ellas.  Cuando te marchabas de casa durante unos días y al volver te saltaban encima como si no te hubieran visto en años. Esas miradas de puro amor que con plena confianza gritaban “Y NO IMPORTA QUE PASE, YO SIEMPRE TE QUERRÉ”. Esos mordiscos en la mano, o esos arañazos en las piernas intentando llamar tu atención para que jugaras con ellas. El ronroneo de un gato mientras intentabas dormir la siesta en el sofá de tu comedor. Pelos, pelos everywhere, porque los que tenemos mascotas sabemos que por más que cepilles, limpies o quites, SIEMPRE quedará algún que otro pelo porculero diciendo: por aquí he pasado yo.


Pues te acostumbras a ello, y a medida que van pasando los años tú vas creciendo y ellas también. Porque de una forma involuntaria crees que siempre estarán a tu lado, y de cierta manera ellas han vivido contigo más tiempo que la mayoría de la gente que te rodea actualmente, probablemente.

Pero el día llega. Te despiertas y de pronto, ves la vejez reflejada en sus ojos, ves que le cuesta caminar bien, que cojea de las patas traseras, le cuesta levantarse, de vez en cuando se queda sin respiración y se tumba en el suelo como diciendo: sigue tú, que yo ya no puedo más. Y en el caso de que coja alguna enfermedad, la evidencia será aún mayor y peor. Porque el sufrimiento que padezca el animal, tú lo pasarás diez veces más.


Entonces pasa, se van. Y te sientas justo donde ellas se solían sentar, con la mirada perdida asimilando que mañana al despertar ya no la verás. Ya no habrán más ladridos de madrugada que te despierten, más pelos en tu ropa, más ronroneos en la cama, más arañazos en tus manos, más lametazos en la cara. Ahora sólo te queda el silencio de la ausencia y un jardín lleno de tumbas. Y con su marcha notas que es como si una parte de tu infancia y adolescencia se hubiera marchado con ellas, porque ellas eran lo último que te quedaba de aquella época, y ya no están. Y se te queda un vacío en el interior y es ahí cuando eres consciente de que el tiempo ha pasado, está pasando y te estás haciendo mayor.


Esto va dedicado a Lusi, Nika y Hugo, gracias por los 12 años que me distéis cada uno de los tres.

Laila Mor Romero.

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