Mon grand ami.
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| The Pobla Town (C) Laila Mor Romero |
El sol inundaba el
pequeño pinar. Se podía respirar la tranquilidad de la tarde. El
calor se palpaba en la mesa de piedra en la que estaban sentados.
Habían pasado los años,
el tiempo había hecho mella en ellos y aún así quedaban resquicios de las
personas que fueron entonces. Después de todo, el dolor y la
decepción habían desaparecido para ella.
A pesar de todos esos
años sin verse, aún conservaban esa facilidad para hablarle y que él la entendiera. Pese a todo por lo que pasaron,
aún se sentía esa emoción, esa magia que se recreaba en el ambiente, cada vez que se veían.
Más allá de los errores
que cometieron, podían seguir abrazándose con la total
satisfacción de saber que se habían perdonado mutuamente por
cometerlos y recrear de nuevo (como tantas otras veces en aquel
tiempo ya tan lejano e inocente) la misma felicidad y excitación al
encontrarse.
Se miraban y te puedo
asegurar que el tiempo dejaba de existir.
Eran de esas personas que
al verlas juntas transmitían juntas armonía y paz. Podían
aguantarse durante un corto tiempo la mirada y leer un “te quiero”
en los ojos del otro. Tenían esa capacidad.
Ella se abría a él mental y
sentimentalmente sin ningún tipo de problema, sintiéndose aceptada completamente, sin miedo a ser juzgada por el otro. ¡Y qué
afortunada era por eso!
Pues la gente viene y va,
la familia suele quedarse, a veces te rompen el corazón. Haces
amistades de birras, roncola y rock'n'roll que luego desaparecen,
crees que tienes amigos y la gran mayoría resultan ser “colegas”
y los que si lo son, no siempre están. Y luego está
él, que no importa el tiempo que paséis distanciados o el daño que os habréis hecho inconscientemente, porque hablar
con él te hace sentirte como en casa y se vuelve
reconfortante.
Se vuelve reconfortante mirarte a los ojos, hablarte desde mi más pura incomprensión y mis entrañas (allí donde viven unas mariposas casi muertas, a causa del veneno de las mentiras que alguien me causó), y que sea tan fácil hacerlo.
La gente puede que cambie
con el paso de los años. Es cuestión de evolución y crecimiento
personal. Pero si te marcan, si tú las marcas... No importará lo
altos que sean esos pinos al volver allí, no importa lo grande que
sea su barba y cuantos tatuajes te hayas hecho tú, él seguirá
teniendo esos ojos azules que siempre te hipnotizaron y tú seguirás
teniendo los mismos ojos verdes en los cuales él era incapaz de
mantener la mirada. Seguirá estando el sentimiento, la seguridad, el
respeto y la comprensión de siempre.
Je t'aime , mon ami. De una manera que jamás he sido, y jamás seré capaz de definir.
Laila Mor Romero.

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